Todo parece indicar que el bloque en el poder ya decidió que la reforma para imponer una jornada legal de trabajo de cuarenta horas a la semana va a ser aprobada por el Congreso antes del 15 de diciembre.
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Para quien corre perseguido por un oso en medio de un agreste bosque, lanzarse a un acantilado puede parecer una buena alternativa; aquel que acosado por un enjambre se arroja a un caudaloso río no pensará en las afiladas rocas con las que posiblemente se parta la cabeza. La desesperación suele presentar opciones que en medio del pavor parecen viables, pero que una vez pasado el trance se revelan como fatales salidas que la mayoría de las veces sólo empeoran las cosas.
El renacimiento de la derecha en México es un hecho. Ante la desaparición de facto de la oposición, tras la metamorfosis del PRI en Morena, las alternativas políticas se reducen a la continuación de un programa sin rumbo y sin sentido como es el morenista, o a la adopción de las banderas de la ultraderecha que ahora directamente representa un sector de millonetas. En México, históricamente, los grandes capitales han tenido vía libre. Desde la época previa a la Revolución se ha priorizado la inversión a costa de las condiciones de vida de la gente. La ausencia de una política económica distributiva, que cobre más a quien gana más, así como una ley que defienda los intereses de la clase trabajadora, hace de nuestra nación un paraíso para todo aquel que tenga con qué pagar. Eso explica los niveles groseros de desigualdad, violencia, pobreza, ignorancia, etc., que caracterizan a nuestra sociedad.
A pesar de que Morena, desde la llegada de López Obrador a la presidencia, se comprometió a no rasguñar ni un centavo de la descomunal riqueza de los ricachos, parece haberse decantado por un sector en detrimento de otro; el grupo marginado hoy se lamenta y vocifera desesperadamente. La parte favorecida es, sin duda, la que representa el Grupo Carso. Dirigido por el magnate Carlos Slim, que incrementó su riqueza de 96 mil 639 millones en 2018, antes de la llegada de López Obrador al poder, a 181 mil 538 millones para 2022. Si alguien duda de que el gobierno de México fue el principal artífice de este monstruoso incremento, sólo habrá que ver los “regalos” con los que el consorcio Slim fue gratificado: la asignación del tramo 2 del Tren Maya por 18 mil 553 millones; contratos en Pemex que entre 2019 y 2025 ascienden a 19 mil 792 millones; asignaciones al Grupo Inbursa, también propiedad de Slim, por más de cinco mil millones, etc.
El morenismo, que se vendía como el gobierno de los pobres, utilizó a éstos para proteger los intereses de los inversores que apostaron por su proyecto y a quienes hoy reditúa con creces; la política en México no es más que “un buen negocio”. Quedó fuera otro sector de millonetas, aquellos que apostaban por el control político de una camarilla más conservadora, menos demagógica y, por lo tanto, más efectiva a la hora de ejecutar sus órdenes. Este sector se refugió en el PAN y hoy clama por el poder pidiendo la destitución de la Presidenta y poniéndose presuntamente a la cabeza de una imaginaria revolución. Los líderes políticos de este sector son aquellos que ya años atrás tuvieron el poder en sus manos y, al igual que el morenismo, lo utilizaron para enriquecer a sus jefes. Reaparecen aquí los Fox, los Calderón, Xóchitl Gálvez y un nuevo y más degenerado protagonista: Ricardo Salinas Pliego, dueño de la cuarta fortuna más grande de México.
La disputa que estamos presenciando, y que puede confundirnos, es entre dos sectores, dos grupos de ricachos que se pelean las concesiones del suelo y la riqueza nacional. A uno, al más poderoso, lo abandera Morena. El otro es encabezado por el PAN. La disputa por el poder político no tiene en cuenta, de ninguna manera, los intereses de las grandes mayorías, de las masas desamparadas y ajenas a estas luchas palaciegas. Sin embargo, la disyuntiva aparente consiste en elegir el mal menor y sumarse al arsenal del que dispondrá cualquiera de los grupos en la lucha por el poder. En otras palabras, elegir entre dos verdugos, uno vestido de azul, otro de guinda. Pero es una falsa disyuntiva –que no deja lugar a otra opción–, y en la que los medios al servicio de una u otra facción de poderosos pretenden atrapar a las masas trabajadoras.
Cuando la incertidumbre de no saber si mañana podremos comer; si nuestros hijos podrán seguir estudiando o tendrán que salir a buscar empleo; e incluso, si la violencia nos perdonará la vida un día más, optamos por arrojarnos en manos de quien nos ofrece, sin argumentos ni justificación, una salida, cualquiera que ésta sea. Así llegó Morena al poder, y así pretende reconquistarlo la derecha. Podríamos discutir cuál de las dos opciones es menos fatal, cuál haría menos daño a nuestra clase. Pero esa discusión no nos interesa ahora. Lo que debe realmente preocuparnos es que no existe una alternativa verdadera, una opción real que defienda los intereses de los trabajadores. Se escuchan las altisonantes críticas del oficialismo a la “oposición” por su estupidez, patetismo y vileza, como se revela en la figura de Salinas Pliego. Y no les falta razón. Los representantes de la “alternativa” representan lo peor de la sociedad: la alta burguesía degenerada, el fascismo ignorante y el odio estulto y perverso hacia los pobres. Pero la disyuntiva no es ésta.
No se trata de elegir entre la casta política gobernante de ahora y la miseria que ofrece la oposición “oficial”. No queremos pasar de la sartén al fuego. Se trata más bien de construir una oposición real, no ficticia. De construir un partido de los trabajadores, de las masas empobrecidas, de los millones de hombres y mujeres que no tienen voz en las decisiones que marcan el rumbo de nuestro país. Un partido “de” los trabajadores, óigase bien, no “para” los trabajadores. La diferencia es importante. Un partido de los trabajadores tiene que ser construido con ellos, tiene que ser organizado por ellos, en las colonias, los barrios, las escuelas, las fábricas, las comunidades, etc. Para esto se necesitan hombres y mujeres comprometidos con su clase, aguerridos y dispuestos a dar una lucha incansable y sin tregua al verdadero enemigo, a aquél que se cubre con máscaras de colores para turnarse el poder.
No se trata, pues, de exigir que la oposición “se ponga a la altura”. No lo hará porque es sólo aparente; estamos ante una contradicción apenas formal entre dos grupos de poder. Se trata de crear una oposición real y verdadera, de aprovechar el estrepitoso fracaso de los partidos de una burguesía cada vez más degenerada y decadente, y de unificar todas las luchas aisladas que existen en una sola lucha, de clase contra clase, en la que el pueblo sea el protagonista y no un simple espectador de la grilla que intramuros libran los diversos sectores de la burguesía mexicana.
Todo parece indicar que el bloque en el poder ya decidió que la reforma para imponer una jornada legal de trabajo de cuarenta horas a la semana va a ser aprobada por el Congreso antes del 15 de diciembre.
El pueblo de Tecomatlán se viste de gala porque abre sus puertas para recibir a los participantes en el XXIV Encuentro Nacional de Teatro.
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Los bombardeos de Estados Unidos (EE. UU.) en el Caribe contra lo que llaman “narcolanchas” y la aproximación de la armada estadounidense a aguas venezolanas es en realidad una cortina de humo para ocultar el verdadero propósito.
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Más que una categoría formal, la etiqueta “Generación Z” es un instrumento ideológico.
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Escrito por Abentofail Pérez Orona
Licenciado en Historia y maestro en Filosofía por la UNAM. Doctorando en Filosofía Política por la Universidad Autónoma de Barcelona (España).